Carmen, la pequeña de grandes ojos estaba viendo como la piel de su madre se mojaba de sudor gracias al trabajo del día en las aguas buscando pedacitos de sol escondidos entre la madre tierra, la admiraba, y quería algún día llegar a besar a sus hijos y contarles las mismas historias que la bella mujer, que sintió amor y dolor el día de su nacimiento le contaba, los relatos que parecían tener vida propia, cuando en las reuniones familiares se sentaban a hablar de su historia, en esos momentos de luz de luna donde los Citarares y los Noanamaes se sentían con sus cantos y sus pieles llenas de color y oro.
Allí sentada viendo a muchas mujeres y hombres que trabajaban por amor puro a las raíces de su tierra, observaba las aguas llenas de colores y canciones con voces fuertes y sabor a coco y pescao, el cielo la saludaba y le rogaba que se fuera a nadar con él en sus sueños, bajo la sombra de un gran árbol que desplegaba sus ramas más allá de su casa, así que decidió hacerle caso una vez más a las nubes y escapar mientras su mamá desconcentrada, se lavaba la cara con un pequeño manantial entre las manos, corrió nerviosa hacia el verde que la llamaba y Carmen la pequeña de grandes ojos se adentró en búsqueda de cariño natural, cuando se vio más lejos caminó despacio en búsqueda de ese lugar predilecto con ganas inmensas de comerse un plátano frito como los que le preparaba su abuela, ya encorvada y canosa, le brillaban los ojos de solo recordar sus cosquillas, pero no se decidía por ninguno de esos troncos llenos de abrazos y ramas, caminó mirando hacia arriba sintiendo el calor de esa selva húmeda que la abrazaba cada día y sus piernitas regordetas tropezaron con algo que le grito “¡Niña!” , Carmen no pudo abrir más los ojos porque se le salían y miro al frente esperando el sermón de algún adulto en su búsqueda, pero no vio nada, se asustó y salto hacia atrás casi cayéndose, cuando algo se movió frente a ella, a sus pies, su mirada se cruzó con la de un conocido lagarto que llamaban el caimán americano y que le volteo los ojos en tono de reproche y un cierto malgenio, Carmen se disculpo inmediatamente con el lagarto pero este le dijo con un tono un poco comprensivo y resignado -“tu tranquila, que ya nadie me mira, nadie, ni tú, ni, ellos”…Y se quedo pensando mirando a Carmen con firmeza y se le fue dibujando una sonrisa en la cara de lagarto, “tú me sirves, tu, tu tu!”, “¿¡yo!?” “¡tú!”, Carmen pensó muchas cosas en ese pequeño instante de pausa como "¿Cuándo será el cumpleaños del lagarto? ¿Le gustara el color azul o preferirá el purpura? No, no el azul, si, ¿querrá que le muestre mi muñeca? No, es un señor muy serio este lagarto, se le nota ¿dejara que le dé un beso en la punta de la cola? Y ¿tendrá hijitos el señor lagarto? para decirle a mi abuelita que les haga vestiditos de todos los colores como a mí y podamos caminar todos juntos y formar un arcoíris de vestiditos de abuelita", pero nunca pensó "¿Por qué un señor lagarto me habla a mí, una pequeña niña de grandes ojos?", no, porque los niños no conocen la diferencia entre lo normal y lo anormal, realidad y fantasía, su universo está lleno de viajes y colores que abarcan sentimientos que se vuelven irreconocibles cuando ya se ha crecido, Carmen miraba el infinito con los ojos muy abiertos y una sonrisa que parecía más bien ida de este mundo, el lagarto se alcanzó a asustar, pero le grito -“¡NIÑA!” y Carmen volvió de donde estaba, lo miro a los ojos y le dijo- “vamos”, y caminando juntos en una búsqueda sin terminar, por un árbol donde dejarse llevar por el cielo, el lagarto le contó a la pequeña niña de grandes ojos, como el oro era más importante para la gente del pueblo que la propia madre que los había parido de su naturaleza, y que necesitaban urgente una dosis de amor natural como la que ella tenía en todo su cuerpecito y que lo había reconocido al instante de verle los ojos llenos de árboles y frutos, con magia pura de los dioses en los que creían sus antepasados, y llegando a un río entre el bosque, este le pidió que se despojara de su ropa y que saltara al agua, que nada malo iba a pasar y que ahora podría cumplir con todo lo que había soñado. El lagarto le dio gracias y Carmen saltó, con cada toque de agua el cuerpo de Carmen se iba convirtiendo en pedacitos de sol y lluvia de pasión natural, que días y años después, siguió siendo regada sobre los habitantes de ese pueblo donde habitó Carmen, ya alejada de las cosquillas y vestidos de su abuela, el sudor y besos de su madre, pero cerca de lo que más amaba, los árboles repletos de sombra, nubes, cielos infinitamente azules, rosados y violetas y un lagarto eternamente agradecido, que cumplió la misión de llevar la dosis urgente de amor natural a la gente del Chocó.
